Recordando el día que el Perro Aguayo casi murió sobre el cuadrilátero

2019 Jul 05

   Carlos Rodríguez Ávila / @miyagui_flx    2019 Jul 05


El pasado miércoles los terrenales recibimos una pésima noticia: Pedro ‘Perro’ Aguayo Damián engalanó desde la tarde del 3 de julio la eterna cartelera de la arena celestial. La lucha libre mexicana perdió a uno de los mejores rudos de todos los tiempos, una incuestionable leyenda.

Dentro de los “ahora está con el Perrito” y los “finalmente ya descansa”, es innegable que, tras su partida, un luto y dolor perpetuos quedan dentro de los corazones de todos aquellos que gustamos del pancracio.

El alumno del mejor maestro mexicano de todos los tiempos, ‘Diablo Velazco’, fue una de las principales figuras del mítico Toreo de Cuatro Caminos, donde sus encarnizadas batallas contra Villano III, El Faraón, Fishman y Sangre Chicana hacían vibrar a todos los aficionados que se daban cita en la extinta arena de Naucalpan.

El Can de Nochistlán fue uno de esos luchadores que el público le entregó el título de ídolo por hacer lo que se supone deberían hacer todos: entregarse por completo sobre el ring. Enfrentarse contra el Perro, fueras técnico o rudo, era de manera implícita saber que debías fajarte y precisamente hoy, en honor al fallecido ídolo, vengo a contar la historia del día que no le importó estar a punto de perder la vida con tal de continuar una lucha.

Para ponernos en contexto, tanto la cintura del Villano III como la del Perro Aguayo, fueron las dos que más hospedaron el Campeonato Ligero de la WWF, su rivalidad es una de las más memorables del Toreo (y eso que hay de donde escoger) y sus luchas eran siempre aplaudidas por su entrega.

El 3 de mayo de 1987 se llevó a cabo una singular función en el Toreo, pues además de tener como platillo fuerte el duelo por el Campeonato Mundial Semicompleto entre el Can de Nochistlán y la Pantera Rosa, fue también la última exhibición que el legendario promotor Francisco Flores presenció (puesto que murió el siguiente sábado).

Aquel memorable domingo atestiguó el duelo que ya había aceptado el gladiador zacatecano y que registró una gran entrada (porque en verdad se sabía de la calidad de esta rivalidad), pero la lucha tuvo un desenlace inesperado.

Aguayo en una muestra de toda su habilidad se hizo con la primera caída sin mayores problemas. En la segunda mantenía el control de las acciones y tenía al Rey Arturo vencido sobre el esquinero. El Perro se encarreró hacia el heredero de Ray Mendoza, quien esquivó al campeón, lo que devino en un tope fallido que terminó por conectar contra la punta del tensor de las cuerdas y de repente, todo cambió.

El impacto causó una gran abertura en la cabeza del Perro Aguayo que inmediatamente se hizo notoria por la cantidad de líquido vital que brotaba de su extremidad superior y bañaba todo su cuerpo. El público (que en el Toreo estaba bastante acostumbrado a los encuentros sangrientos) se estremeció por la inconmensurable cantidad de fluido rojo que se vislumbraba sobre el cuadrilátero.

El referí hizo lo propio ante la imposibilidad de reaccionar del herido can, realizando la cuenta de descalificación, lo que le valió el segundo y también el tercer episodio al Villano III, por lo que ahora era él el nuevo monarca.

La misma prensa de aquellos años que reportó que Aguayo recriminó al referee con un “¡Déjenme seguir!” describía el aterrador accidente así: “El luchador todopoderoso de pronto se convirtió en una víctima de las circunstancias. Cayó herido de muerte. Y nunca la expresión pudo ser más certera. Herido de muerte, señores…”.

El representante de la autoridad sobre el encordado hizo entrega del codiciado fajín al Rey Arturo, quien, en una muestra de honor y orgullo, renunció a él. La Pantera Rosa no podía encumbrarse a costas de un accidentado rival, por ello tiró el cinto sobre la lona, y además, bajó del ring para auxiliar a su imposibilitado compañero y ayudó a llevar la camilla que lo transportaba hacia los vestidores.

 


Villano III llevando la camilla donde Perro Aguayo se desangraba.

 

Luego de que estabilizaran al Perro y lo dejaran fuera de todo peligro, uno de los doctores aseguró aquella tarde que “cinco minutos más de hemorragia y se nos muere”, a la vez que su tembloroso cuerpo daba a entender el verdadero riesgo por el que había pasado el iniciador de la Dinastía Aguayo.

El Perro Aguayo quedará en los anales de nuestra lucha libre como una figura sin fecha de caducidad. Escribo este humilde y cariñoso artículo como un pequeño homenaje a uno de mis ídolos (y de muchos otros también).

Que en paz descanse el Can de Nochistlán.


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